Fui a una boda en Italia y esto fue lo que vi

Boda junto al lago

Comida y vino deliciosos y una dinámica que jamás esperé ver en una boda.

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Por: Ana Luisa Olagaray

Era el invierno de 2015, y mi mamá había sido invitada a la boda de la hija de sus amigos de toda la vida, como era lógico, me llevo con ella. El invierno en Roma es una cosa mágica, las fontanas se llenan de escarcha y los bares etsán rebosantes de gente pidiendo café, el ambiente no podía ser más cálido y romántico.


El enlace religioso se celebró en la Parroquia Mártires Canadienses en el corazón de Italia, Roma. La ceremonia estuvo acompañada por guitarras, percusiones, panderos y aplausos, que le dieron mucha emotividad y ese acento tradicional. Concluida la eucaristía, algunos, no todos los invitados nos encaminamos al municipio de Bracciano, donde llegamos a un precioso jardín embellecido por un lago - como dato curioso, este recinto se encuentra justamente frente al castillo de Odescalchi donde contrajeron matrimonio Tom Cruise y Katie Holmes en el 2006-.


Llamó mi atención que durante el banquete solo se encontraban presentes familiares y amigos cercanos, no éramos más de 50 personas. Como es tradición en Italia, la comida fue memorable, seis platos acompañados por el mejor vino que he probado en la vida. El sol ya se ponía y el desfile de comida apenas llegaba a su fin; después de disfrutar de la pasta, risotto, lasagna y lomo de cerdo, los novios saludaron a todos los invitados, y papas y padrinos les dedicaron unas palabras.


Antipasto


Las mesas eran redondas y tenían centros de mesa sencillos con naturaleza muerta, muy propia del invierno. El pastel era discreto y completamente blanco, con un fondant de almendras muy bien elaborado. Después del pastel, los novios invitaron a una caminata por el lago, de esa manera los 50 invitados dimos un largo paseo liderado por los recién casados.


Cuando la velada llegó a su fin, los invitados se despidieron y se fueron a sus casas, incluidos los novios. Como mi mamá y yo éramos invitados de los padres de la novia, los acompañamos a casa con todo y los novios. Llegamos al comedor a platicar del evento que había tenido lugar hace pocas horas, mientras disfrutábamos de un antipasto y un tradicional panettone.


Pero los festejos no terminaron ahí, al día siguiente le sucedía la “fiesta de jóvenes”. La cosa estaba así, los novios habían rentado un salón sencillo, con pocos adornos y casi nada de mobiliario en donde solo había una barra y tres meseros rondando el lugar. La novia había optado por un vestido menos llamativo y el novio se había decidido por el mismo traje. A la fiesta llegaron absolutamente todos los amigos de los celebrados, éramos doscientos personas y además de las bebidas, se ofrecieron antipastos.


Platicando con la novia, me comentó que para esta fiesta tuvieron mucha libertad con sus invitados, y que casi todos pudieron llevar un más uno. La diversión duró hasta altas horas de la madrugada y cuando los novios partieron hacia su luna de miel, los invitados los despidieron uno a uno.


Esta dinámica ayudó a los novios en varios aspectos: en primer lugar, la dicotomía de los eventos aminoró los costos de la boda, pues el lago en donde se celebró la comida fue rentado por no más de tres horas, y el salón tampoco fue costoso. En segundo lugar, la lista de invitados no sufrió ninguna baja, porque todas las personas que los novios querían invitar fueron invitadas, y finalmente, los novios pudieron disfrutar en cada momento y con cada invitado este día tan especial para ellos. 

 

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