Lisboa a través de su propio tiempo

Foto: David Denicolò

Esta ciudad invita a vivir un rostro distinto de Europa con toda la profundidad y la sencillez que otorga lo genuino.

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Por: Carlos Sánchez Pereyra

Comencé a recorrer Lisboa por el final. Fui primero por el premio que se merece uno después de haber conocido todos los sitios que marcan los mapas de turistas sin antes haber hecho algo más. No me quedaba otra opción: una pareja de lisboetas, al verme con una guía de viajes en la mano, me dijo en tono amigable —el único que puede salir en portugués— que dejara esa manía de turista y que mejor conociera la verdadera esencia de la ciudad. Casi de la mano, me llevaron a caminar por las calles del barrio de Alfama, el corazón de la capital portuguesa en opinión de los expertos. Este lugar empezó a crecer a partir de una medina construida en aquel largo momento árabe que vivió toda la península ibérica. A paso de vecino que sabe por dónde va, caminamos calles invadidas por la historia y un número infinito de vielas (callejones) que suben cuando uno quiere bajar o que quiebran a la izquierda cuando se quiere seguir derecho. La única opción que queda es ir a su propio capricho.



Ruta de la melancolía
A esas mismas vielas también les da por seguir el camino de empinadas cuestas, así que tuve que amarrarme los pulmones tratando de seguir el ritmo de aquella pareja experta en escalarlas. Al final, sin embargo, nos subimos al tranvía número 28 para recorrer la ruta que tiene la habilidad de dirigirse a todos los rincones fascinantes de la ciudad. Pero, al parecer, en Alfama lo hace con especial cariño, ya que toca casi todo el barrio. Bajamos en uno de esos recovecos de la travesía, frente a un pequeño restaurante que cualquier turista hubiera pasado de largo, pero en el cual entramos y tomamos asiento frente a un grupo de personas armadas con una guitarra portuguesa, equivalente a una viola-guitarra española. Entre ellas estaba una mujer cuyo cuerpo parecía dispuesto a cantar con toda su esencia. “Silencio, va a cantarse o (fado)”, dijo un pequeño hombre con muchos años encima. Rápidamente, el local se inundó de “amor, celos, ceniza y fuego, dolor y pecado…”, como definiera Amalia Rodrigues a esa música que canta el alma. La pareja me comentó al oído: “Éste es el Fado Vaio, el verdadero. En tu guía de viajes seguramente no aparece”. En efecto, esa pequeña tasca desconocida no aparecía en mi libro. “Pocas veces se publica la verdad; sólo el fado se atreve”, asentó la cantante durante un breve descanso.



Camino a Belém
La noche había sido larga y, por la mañana, subido en otro tranvía, el 15E, con rumbo al barrio de Belém, tarareaba aquellos sonidos melancólicos del fado. Mientras tanto, el tranvía me llevaba a velocidad pausada hacia una zona histórica. Para mí, la calidad de “histórica” se la dan sus famosos (pasteis de Belém), y mientras saboreaba el segundo de esos pastelillos (hay que aprovechar las oportunidades), mi guía de viaje —muy objetada la noche anterior— me dejó en claro que la confitería no era el único sitio para visitar en este barrio. Cruzando la calle está uno de los edificios más hermosos de Lisboa: el Monasterio de los Jerónimos, un lugar que se visita con la boca abierta a través de cada uno de sus pasillos, jardines y salones. A pocos minutos a pie surge otro de los puntos emblemáticos de la ciudad. Se trata de la Torre de Belém. De cara al Tajo recibe turistas y se dedica a ser el ícono del país, aunque en otros tiempos fuera aduana y cárcel.


Para regresar al centro de la ciudad, el 15E es la mejor opción, como también lo es escuchar las propuestas de los vecinos de tren: “Baja en Chiado y tú mismo te darás cuenta por qué”, fue la somera idea que me dieron en el tranvía. Hace 200 años, este barrio formaba parte de la zona elegante de la ciudad, pero hoy en día, junto con el Bairro Alto, representa uno de los sitios más lisboetas que existen. Las pequeñas (vielas) comparten espacio con las calzadas, y los locales de siempre, al lado de otros de plena avanzada, acompañan edificios históricos como el Teatro Nacional de Sao Carlos o el Convento de Sao Francisco, hoy convertido en el Museu do Chiado. El Castello de Sao Jorge —iniciado por visigodos, fortificado por musulmanes y finalmente cristianizado— es el sitio ideal para admirar gran parte de la ciudad, incluidos otros puntos del propio barrio, como la Iglesia de Santa Luzia y la Catedral de Sé, desde donde se llega al Museo del Fado. En ese camino se encuentra un rincón que traza con gran tino la Lisboa contemporánea. Es el Café Pois, lugar que no aparece en las guías de viajes (así que no hay que correr la voz). Aquí se sirve cocina actual, aunque elaborada con los mismos ingredientes que empleaban los abuelos de Lisboa en la comida de siempre, y cuyos muros, con muchos años encima, están decorados con obras de arte contemporáneo de artistas locales. Quizá sea el punto apropiado para sentir esa Lisboa que vive a su propio tiempo, lejos del lujo y lo artificial, y cerca de algo muy valioso: ella misma.

 

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