5 playas en Sidney que deben conocer en su luna de miel

Luna de miel en Australia

Atrévanse a dar el recorrido Bondi-Coogee y descubran el lado mágico de Australia.

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Por: Marck Gutt

Porque ningún teatro o puente será tan lindo y romántico como un atardecer en el océano, proponemos una mirada a la Sidney llena de arena y brisa. Seis kilómetros de playa donde el quiebre de las olas es más armónico que una ópera, y el mar invita, más que a cruzarlo por las alturas, a sentirlo con los pies descalzos.

Sin saber muy bien por qué, varios tenemos a Sidney en nuestra lista de destinos por conocer locamente. Y no es un deseo injustificado. La ciudad está llena de vida, su gente es relajada y contagia buena onda y, aunque no hay canguros y koalas en la calle, no es necesario viajar muy lejos para verlos. No es una mala idea... considerando que se encuentra del otro lado del mundo.

¿Cuántos días? Esa es una pregunta complicada, hay tanto por hacer que un año no bastaría para verlo todo. En lugar de perseguir artistas pop encerrados en un museo o centrarse en las calles del City Centre —donde se ven las mismas marcas que hay en todos lados— vale la pena explorar el alma del lugar: la de Sidney está en sus playas. Son más de cien, y las cinco que forman el paseo costero de Coogee a Bondi saben de atardeceres multicolores, olas ideales para surfear y rincones para estar a solas.

Dos horas sin prisa

Los lugareños conocen esta zona como Costas del Este o como Bondi a secas, pero se trata de cinco playas que forman el famoso recorrido: Coogee, Clovelly, Bronte, Tamarama y Bondi. Son seis kilómetros apenas, pero bastan para ofrecer paisajes súper cambiantes, de bahías familiares a peñascos inhóspitos, casi vírgenes, que tienen pinta de otro planeta.

Sin apuro ni paradas se puede caminar todo el trayecto en poco más de dos horas, pero no son carreritas, y el encanto de esta caminata reside en sus múltiples paradas: para aprender a surfear, para nadar en albercas de olas naturales, ver unos minutos apasionados de rugby callejero y encontrar rincones escondidos para disfrutar la puesta de sol sin prisas.

De sur a norte, Coogee es la primera de las playas del recorrido, y la segunda más grande. Como casi todas en Sidney, es buena para surfear, pero es más famosa por sus aguas tranquilas que por su oleaje. Por eso, es tan común ver gente en el mar con tablas como sin ellas. La playa, como suele y debe ser, es 100 por ciento pública y está acompañada por canchas de voleibol y un malecón donde todo es para todos.

La mejor compañía que tiene, aun por encima de los cafecitos y restaurantes de las calles Arden y Coogee Bay, es el parque que la conecta con la próxima playa  hacia el norte. La Reserva Dunningham es un área verde que funciona como parque, sobre el peñasco que divide a las bahías de Coogee y Gordons, y más impresionantes que sus monumentos, son las vistas que se tienen desde el borde: el lugar ideal para un picnic con vista al mar.

Un secreto a voces, pero todavía secreto, se encuentra justo en el precipicio del peñasco, en la punta conocida como Dolphin Point. En las  playas de Sidney son muy comunes los “baños”, que no son más que albercas naturales de agua salada formadas con las propias rocas del lugar, los Giles Bath son unos de ellos. Para llegar sólo hay que seguir el arco del parque en el que se lee Baths.

El trayecto continúa por la bahía Gordons, que cuenta con unos pocos metros de mar. Aquí la arena no es precisamente la protagonista, es el momento de los riscos coronados con casas de playa que, digamos, amaríamos tener para un fin de semana.

Se ve uno que otro pescador pero nada más, lo mejor que tiene esta parte del camino es que es súper tranquilo. No como Clovelly, la playa que sigue. Aunque las dos bahías son profundas y poco extensas, en Clovelly sí que hay arena. ¡Y gente! Está acompañada por una alberca natural de olas y tiene fama de ser la mejor para esnorquelear. ¡Es una maravilla!

Para todos los gustos

El siguiente tramo es el más largo de todos: entre las playas de Clovelly y de Bronte-Tamarama hay poco más de dos kilómetros. Es la parte más “demandante” del camino —con subidas, una colección de escaleras y varios tramos rocosos— pero también una de las más pintorescas.

El trayecto está acompañado de escenas icónicas australianas: parques donde se juega rugby, puentes de madera suspendidos que bordean la costa, pájaros multicolores y, sobre todo, atardeceres que ameritan sentarse por un buen rato a escuchar el vaivén de las olas, junto a una botella de vino y varios gramos de queso australianos.

Bronte y Tamarama son dos playas bien parecidas: chiquitas, agrestes, custodiadas por parques y perfectas para surfear. Bronte tiene una alberca natural y Tamarama un club de surf, uno de los edificios más fotografiados de la caminata. Lo que las hace especiales es, ante todo, el peñasco que las separa de Bondi, la más famosa de las playas.

El último kilómetro del recorrido resulta el más espectacular para detenerse. Desde la cima del parque Mark, que separa a la bahías de las playas pequeñas de la de Bondi, se ve la costa hacia el sur con sus casas y barrancos semivírgenes y ahora sí, la gran playa de Bondi, donde se ven edificios y se percibe la vibra urbana.

Es en ese trecho donde las formaciones rocosas vuelven a sugerir escenarios interplanetarios y las parejas parecen encontrar el lugar ideal para disfrutar de su nueva vida juntos.

Al llegar a la playa, el protagonismo de la naturaleza cede su papel a la ciudad. Aunque el ambiente es relajado, la sensación en Bondi es más citadina: mercados, cafés y restaurantes, gente de todo tipo reposando en la arena, músicos callejeros, pescadores y, más que en cualquier otra playa, surfers. Bondi sintetiza esa esencia multicultural y fiestera de Sidney, sólo que en traje de baño y sin rascacielos.

En calles como Warners Avenue y Campbell Parade hay desde restaurantes tailandeses que prometen autenticidad, hasta coloridos bares con dejos mexicanos que venden margaritas; por supuesto los tradicionales cafés que los australianos frecuentan como si fueran bares, y tiendas de ropa que se han mantenido locales.

Quién iba a decir que el cliché de la postal perfecta australiana sería, también, la luna de miel idílica para combinar playas relajadas con la gran ciudad. Con estas escenas, cómo no querer ir a Sidney…  

¿Cómo llegar?

Hay vuelos desde la ciudad de México a Sidney con una escala en Estados Unidos, Canadá o Chile. Para entrar a Australia con pasaporte mexicano se necesita visa y se debe tramitar con tiempo de anticipación, en línea y con los boletos comprados.

¿Dónde dormir?

El hotel QT Sydney, en pleno centro de la ciudad, es perfecto no sólo por su ubicación a pocas cuadras de las principales estaciones de metro, ferry y tren, sino por su diseño conceptual urbano, sus habitaciones espaciosas con tinas/jacuzzis y su spa citadino, donde se ofrecen tratamientos para parejas.

 

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